miércoles, 21 de agosto de 2013

II

"¿Qué chucha miras? Pasa, pasa, nomás"

Andrés salió a las seis y dos. Son dos minutos de tardanza. "Aquí nadie llega a la hora, ni los curas ni los turistas... bueno, tal vez los turistas sí, pero da igual. Además, la última vez, Anita me hizo esperar durante casi una hora. Imagínate, pues... ni cagando. En fin, así es ella". Tan desordenada, desorientada, desquiciada, tanto así que Andrés nunca se dio cuenta. A él le gusta así. Nunca se creyó el cuento de las mujeres perfectas de la televisión y las revistas del sábado. Después, tampoco creyó el de las mujeres perfectas de las películas francesas de los años sesenta; esas que, por cierto, tanto le gustan a Anita.

Seis y cinco. La cara de sueño no desaparece del rostro pálido de Andrés. Dormir no es opcional, es necesario, sin depender de las circunstancias en ningún momento. Camina, sigue caminando. Llega a la avenida. El semáforo está a punto de cambiar a verde, así que ya no camina; ahora corre, porque el bus que lo llevará a su destino va a avanzar si la luz cambia a verde. Logra cruzar la pista, pero el chofer del bus lo ignora y acelera antes que la luz cambie a verde, mientras que un sujeto (por cierto, bigotón, que viste gorro blanco, chaleco verde, lleva un reloj en la mano derecha y porta una tablilla con hojas superpuestas en la mano izquierda) se agacha para recoger una moneda de diez centavos de la pista. La cara de sueño finalmente desaparece.

Seis y doce. "El carro no pasa". Andrés evita pensar en voz alta. Má siempre le hizo pensar que hablar solo no era bien visto por la gente. "Te van a decir que eres un loquito", dijo Má cuando Andrés tenía seis, o tal vez siete. En realidad, fue hasta los trece, pero qué importa. Andrés nunca fue el alma de la fiesta. Le costó hacer amigos en el kindergarden, y en la primaria, y en la secundaria. En la universidad no. Ahí no hay amigos, hay hermanos, bandas de rock, naftalina, y demás inventarios que no convienen al caso. Andrés nunca dejó de hablarse. Podría ser que él siempre fue su mejor amigo. Má y Pá nunca fueron lo que él fue para él, aunque siempre lo intentaron. Juguetes por aquí, balón de fútbol por allá, Videojuegos por acá. Pero las películas nunca salieron de la mente de Andrés. Se quedaron. Hasta ahora, el viejo reproductor Betamax sigue en su habitación, solo que ahora contempla, guardado, desde su caja, al nuevo inquilino, el reproductor de Bluray. Pero... cuántas charlas, cuánta comunicación, cuántas historias. "¿Si o no?".

Seis y veinte. Se asoma el bus de la línea cuarenta y cinco. Se detiene, Andrés sube. Paga, chofer cobrador. Toma asiento. Hay que, el bus está vacío y, como es costumbre, se llenará en unos tres o cuatro paraderos. "Los colegiales salen de sus clases de inglés y abarrotan los buses como no tienes idea". Andrés busca los audífonos en el bolsillo izquierdo de la casaca azul. No están, los ha olvidado. "Ya fue, deben estar en el bolsillo delantero de la mochila". Trata de ignorar la letra pegajosa y el sonido ramplón que sirve de fondo, pero no puede evitar soltar de sus labios el estribillo "no puedo estar sin ti". "Qué pegajosa es esa mierda". Otra vez, Andrés piensa en voz alta. La chica que está sentada en el asiento de al lado, aparentemente de la misma edad que Andrés, unos veinte o veinticinco, no puede evitar escuchar la frase y parece asentir con la cabeza.

Seis y veintisiete. Hay un nuevo mensaje de texto en el teléfono celular de Andrés. Es de Anita.

"No vengas hoy a recogerme, ni hoy ni nunca más".

Los colegiales suben al bus. Andrés, sin nada que pensar (en voz alta), voltea y mira en forma discreta a la chica del asiento de al lado, probablemente en busca de respuestas antes que preguntas.