Dolores llegó a casa con Lucas, quien a su vez tenía un barquillo con helado de chocolate a medio terminar en la mano derecha, una figura de acción de Son Goku en la mano izquierda, el primer botón de la camisa blanca (gris, de tanta suciedad) suelto, el largo cabello lacio hecho pelusa y una sonrisa de niño en el rostro adornada por sus cachetes, bien salidos. El uniforme escolar es una escusa que nadie quiere poner, los niños juegan y ya.
"Mírate, mocoso del bien, arréglate un poco", dice Dolores mientras se saca la vincha, se suelta el pelo, cierra los ojos y da un bostezo. Lucas va directamente a su cuarto, sin decir palabra alguna, mientras devora el último pedazo de barquillo que le queda. La comida está dentro del microondas, pero Lucas ya se comió al mundo. La música sigue sonando en los audífonos, aunque Dolores ya no los lleva puestos desde el momento en el que sacó las llaves del bolsillo izquierdo de la casaca de buzo celeste. Otro bostezo huye de la boca de Dolores, mientras que los ojos tristes se cierran, luego se abren, y delatan más que nunca la fatiga de una joven de diecinueve años que tiene que terminar una asignatura en menos de tres días. "Sabes todo lo que tenemos que hacer para pagarte esa universidad, así que ni se te ocurra repetir un solo curso. Sino, vas a tener que trabajar para que aprendas."
"Espérame, llego en cinco minutos."
Dante lleva doce platos, uno encima de otro. Sus manos los cogen desde la base, mientras que usa su pequeña y redonda panza para apoyarse. El piso está mojado, como siempre. Dante camina a través del corredor que conecta la cocina con el salón, con pasos pequeños y cómicos. La radio de la cocina está encendida. Suena de fondo una balada del recuerdo, de esas que le gustan a la tía Lucy. El jefe ve pasar a Dante y lo saluda. "¿Has hecho el amor?", le pregunta el veterano carioca, siempre de buen humor. Dante responde con sencillez, picardía y pocas palabras: "Siempre. Sino, ¿cómo?". El jefe suelta una risa de loco y se va hacia la cocina. Tiene que hablar con una de las cocineras sobre sus vacaciones.
El piso sigue mojado, pero Dante llega al salón con éxito. Ahí, el piso ya no está mojado, pero sí está sucio. "Trae el trapeador. Ya van a ser las cinco, tenemos que abrir y no quiero que el jefe esté puteando después", dice Jotacé, el barman, que tiene bien ganada su fama de viejo cascarrabias pero que es un héroe de mil batallas, un libro de anécdotas al estilo de Eloy Jáuregui. "Un día tenemos que sentarnos a conversar con una botella de Havana Club mientras escuchamos a la Sonora. Vas a saber lo que es la vida, carajo.", dijo una tarde luego de debatir sobre la situación de la música actual en horas de almuerzo. "Se la llevan fácil".
"Tengo hambre. Si como esas galletas, ¿me va a caer mal?"
Lucas va sobre la mesa de noche del lado izquierdo de la cama, la que tiene la lamparita. Coge el control remoto del televisor y presiona el botón rojo una, dos, tres veces. Enciende a la cuarta, no, a la quinta. El sintonizador está en el tres. Al pequeño Lucas no le gustan los deportes, aunque sus amigos lo tilden de "mariquita". Con una cara de total desinterés y, recordando que hay que cambiar las baterías del control desde hace un año y dos meses, presiona el botón "flecha derecha". Cambia de canal, y aparece un programa de concursos que acaba de comenzar.
Dolores entra a su cuarto. Saca la portátil, las lecturas sobre estadística y demás juguetes de encima de la cama, los deja "tirados por ahí". Se echa en su cama boca arriba, mientras que intenta cerrar los ojos y pensar segundo por segundo. El cabello castaño lacio cubre en forma parcial su rostro. Abre los ojos. Saca el reproductor portátil del bolsillo secreto de la casaca de buzo celeste. Lo apaga y lo deja en el primer cajón de la mesa de noche, "el de las cosas importantes", junto con los audífonos. Su cama está pegada a la pared opuesta a la puerta de entrada. Mira la hora en el celular. Son las cinco y tres, y un poco más. Dolores deja el celular en la mesa de noche, se voltea, posición boca abajo, coge su almohada con mucho amor y cae rendida, como hoja en el mar. Los ojos ya no se abrieron más aquella tarde.
El programa que Lucas acaba de sintonizar es el programa favorito de Alexandra, "la chica más bonita del salón". Para impresionar a su joven doncella, Lucas deja ese canal para ver de qué va la cosa. La primera observación: los participantes, divididos en dos equipos mixtos, tratan de intimidar con insultos o amenazas a sus rivales, tal como en las series animadas. Todo bien hasta ahí. Segunda: el público está dividido en dos bandos, los cuales lanzan gritos de guerra, perdón, arengas a sus respectivos equipos. Histeria colectiva. Tercera: las mujeres llevan ropas reducidas, y sus cuerpos muestran pronunciadas curvas. ¿Qué es esto?. Finalmente, la cuarta: concursantes del sexo opuesto -no necesariamente del mismo equipo- aprovechan el pánico para coquetear entre ellos, con resultados, aparentemente, satisfactorios. ¿Ah?.
"Se va, se va, se va..."
El día de hoy, se ha convocado a personal extra en la trattoria. Hoy juega la selección nacional de fútbol. Es un partido trascendental, ya que es el que define "si vamos al mundial o no". ¿Qué mejor motivo que el partido de la selección nacional para alentar y gritar con todas nuestras fuerzas y, de paso, consumir un suculento plato de comida italiana, acompañado por una copa de vino merlot, o en su defecto, un par de chelas? Después de todo, la capacidad del estadio es para 45 mil personas, y no todos entramos ahí, mucho menos podemos permitirnos pagar las entradas, con precios que para qué te cuento. Además, por un día, toda la población nacional tiene la oportunidad de tomar el rol de analista deportivo, entrenador, jugador, sociólogo, politólogo, antropólogo, columnista de opinión, celebridad de farándula, empresario, y muchos pero muchos otros.
Por supuesto que Dante va a ver el partido. Tiene puesta su camiseta de la selección. "No es la firme, pero tiene los colores y eso es lo que cuenta".
jueves, 10 de octubre de 2013
miércoles, 21 de agosto de 2013
II
"¿Qué chucha miras? Pasa, pasa, nomás"
Andrés salió a las seis y dos. Son dos minutos de tardanza. "Aquí nadie llega a la hora, ni los curas ni los turistas... bueno, tal vez los turistas sí, pero da igual. Además, la última vez, Anita me hizo esperar durante casi una hora. Imagínate, pues... ni cagando. En fin, así es ella". Tan desordenada, desorientada, desquiciada, tanto así que Andrés nunca se dio cuenta. A él le gusta así. Nunca se creyó el cuento de las mujeres perfectas de la televisión y las revistas del sábado. Después, tampoco creyó el de las mujeres perfectas de las películas francesas de los años sesenta; esas que, por cierto, tanto le gustan a Anita.
Seis y cinco. La cara de sueño no desaparece del rostro pálido de Andrés. Dormir no es opcional, es necesario, sin depender de las circunstancias en ningún momento. Camina, sigue caminando. Llega a la avenida. El semáforo está a punto de cambiar a verde, así que ya no camina; ahora corre, porque el bus que lo llevará a su destino va a avanzar si la luz cambia a verde. Logra cruzar la pista, pero el chofer del bus lo ignora y acelera antes que la luz cambie a verde, mientras que un sujeto (por cierto, bigotón, que viste gorro blanco, chaleco verde, lleva un reloj en la mano derecha y porta una tablilla con hojas superpuestas en la mano izquierda) se agacha para recoger una moneda de diez centavos de la pista. La cara de sueño finalmente desaparece.
Seis y doce. "El carro no pasa". Andrés evita pensar en voz alta. Má siempre le hizo pensar que hablar solo no era bien visto por la gente. "Te van a decir que eres un loquito", dijo Má cuando Andrés tenía seis, o tal vez siete. En realidad, fue hasta los trece, pero qué importa. Andrés nunca fue el alma de la fiesta. Le costó hacer amigos en el kindergarden, y en la primaria, y en la secundaria. En la universidad no. Ahí no hay amigos, hay hermanos, bandas de rock, naftalina, y demás inventarios que no convienen al caso. Andrés nunca dejó de hablarse. Podría ser que él siempre fue su mejor amigo. Má y Pá nunca fueron lo que él fue para él, aunque siempre lo intentaron. Juguetes por aquí, balón de fútbol por allá, Videojuegos por acá. Pero las películas nunca salieron de la mente de Andrés. Se quedaron. Hasta ahora, el viejo reproductor Betamax sigue en su habitación, solo que ahora contempla, guardado, desde su caja, al nuevo inquilino, el reproductor de Bluray. Pero... cuántas charlas, cuánta comunicación, cuántas historias. "¿Si o no?".
Seis y veinte. Se asoma el bus de la línea cuarenta y cinco. Se detiene, Andrés sube. Paga, chofer cobrador. Toma asiento. Hay que, el bus está vacío y, como es costumbre, se llenará en unos tres o cuatro paraderos. "Los colegiales salen de sus clases de inglés y abarrotan los buses como no tienes idea". Andrés busca los audífonos en el bolsillo izquierdo de la casaca azul. No están, los ha olvidado. "Ya fue, deben estar en el bolsillo delantero de la mochila". Trata de ignorar la letra pegajosa y el sonido ramplón que sirve de fondo, pero no puede evitar soltar de sus labios el estribillo "no puedo estar sin ti". "Qué pegajosa es esa mierda". Otra vez, Andrés piensa en voz alta. La chica que está sentada en el asiento de al lado, aparentemente de la misma edad que Andrés, unos veinte o veinticinco, no puede evitar escuchar la frase y parece asentir con la cabeza.
Seis y veintisiete. Hay un nuevo mensaje de texto en el teléfono celular de Andrés. Es de Anita.
"No vengas hoy a recogerme, ni hoy ni nunca más".
Los colegiales suben al bus. Andrés, sin nada que pensar (en voz alta), voltea y mira en forma discreta a la chica del asiento de al lado, probablemente en busca de respuestas antes que preguntas.
Andrés salió a las seis y dos. Son dos minutos de tardanza. "Aquí nadie llega a la hora, ni los curas ni los turistas... bueno, tal vez los turistas sí, pero da igual. Además, la última vez, Anita me hizo esperar durante casi una hora. Imagínate, pues... ni cagando. En fin, así es ella". Tan desordenada, desorientada, desquiciada, tanto así que Andrés nunca se dio cuenta. A él le gusta así. Nunca se creyó el cuento de las mujeres perfectas de la televisión y las revistas del sábado. Después, tampoco creyó el de las mujeres perfectas de las películas francesas de los años sesenta; esas que, por cierto, tanto le gustan a Anita.
Seis y cinco. La cara de sueño no desaparece del rostro pálido de Andrés. Dormir no es opcional, es necesario, sin depender de las circunstancias en ningún momento. Camina, sigue caminando. Llega a la avenida. El semáforo está a punto de cambiar a verde, así que ya no camina; ahora corre, porque el bus que lo llevará a su destino va a avanzar si la luz cambia a verde. Logra cruzar la pista, pero el chofer del bus lo ignora y acelera antes que la luz cambie a verde, mientras que un sujeto (por cierto, bigotón, que viste gorro blanco, chaleco verde, lleva un reloj en la mano derecha y porta una tablilla con hojas superpuestas en la mano izquierda) se agacha para recoger una moneda de diez centavos de la pista. La cara de sueño finalmente desaparece.
Seis y doce. "El carro no pasa". Andrés evita pensar en voz alta. Má siempre le hizo pensar que hablar solo no era bien visto por la gente. "Te van a decir que eres un loquito", dijo Má cuando Andrés tenía seis, o tal vez siete. En realidad, fue hasta los trece, pero qué importa. Andrés nunca fue el alma de la fiesta. Le costó hacer amigos en el kindergarden, y en la primaria, y en la secundaria. En la universidad no. Ahí no hay amigos, hay hermanos, bandas de rock, naftalina, y demás inventarios que no convienen al caso. Andrés nunca dejó de hablarse. Podría ser que él siempre fue su mejor amigo. Má y Pá nunca fueron lo que él fue para él, aunque siempre lo intentaron. Juguetes por aquí, balón de fútbol por allá, Videojuegos por acá. Pero las películas nunca salieron de la mente de Andrés. Se quedaron. Hasta ahora, el viejo reproductor Betamax sigue en su habitación, solo que ahora contempla, guardado, desde su caja, al nuevo inquilino, el reproductor de Bluray. Pero... cuántas charlas, cuánta comunicación, cuántas historias. "¿Si o no?".
Seis y veinte. Se asoma el bus de la línea cuarenta y cinco. Se detiene, Andrés sube. Paga, chofer cobrador. Toma asiento. Hay que, el bus está vacío y, como es costumbre, se llenará en unos tres o cuatro paraderos. "Los colegiales salen de sus clases de inglés y abarrotan los buses como no tienes idea". Andrés busca los audífonos en el bolsillo izquierdo de la casaca azul. No están, los ha olvidado. "Ya fue, deben estar en el bolsillo delantero de la mochila". Trata de ignorar la letra pegajosa y el sonido ramplón que sirve de fondo, pero no puede evitar soltar de sus labios el estribillo "no puedo estar sin ti". "Qué pegajosa es esa mierda". Otra vez, Andrés piensa en voz alta. La chica que está sentada en el asiento de al lado, aparentemente de la misma edad que Andrés, unos veinte o veinticinco, no puede evitar escuchar la frase y parece asentir con la cabeza.
Seis y veintisiete. Hay un nuevo mensaje de texto en el teléfono celular de Andrés. Es de Anita.
"No vengas hoy a recogerme, ni hoy ni nunca más".
Los colegiales suben al bus. Andrés, sin nada que pensar (en voz alta), voltea y mira en forma discreta a la chica del asiento de al lado, probablemente en busca de respuestas antes que preguntas.
martes, 4 de junio de 2013
I
"Ah, las cosas me las dejas encima de la cama. Siempre las encuentro ahí, es mejor."
Fernández apenas había bajado del autobus. Cinco minutos lo separaban de la cita con el odontólogo; "hoy me sacan una muela más". La ciudad luce repleta de edificios tras edificios, estos seres abominables que se metieron a la fiesta sin pedir permiso, todos con esos cristales tan "poderosos". La pista estaba llena de autos, todos de diferentes modelos y diferentes colores, aunque por algún extraño motivo, la mayoría eran rojos, y tenían en la parte delantera un círculo blanco. No había ningún escarabajo. "La gente ha perdido el gusto por los buenos autos". Al otro lado, en la acera de enfrente, había un señor que hizo señas a uno de los buses. No paró, "ahora ponen papeleta, ya no es como antes". El señor, a juzgar por sus canas, pasado en cincuentas, comenzó a perseguir al bus, granputeando, como si se tratara de su propio auto que está siendo robado por los ajenos.
Un suave saco gris de tela barrington cubría a Fernández del frío, tan gris como el cielo de las tres. Un cigarrillo por ahí, para llevar mejor la cosa. Los viejos zapatos negros de cuero ya no parecían de cuero, aunque tampoco parecían negros. "La ciudad ya no es como antes, ahora hay mucho celeste, mucho amarillo, mucha plastilina, mucha huevada". Había pláticas en medio de la calle como las hay dentro del café. Es poner uno dentro del otro. Fernández caminó, y siguió caminando. Terminó su cigarrillo y tiró la colilla a la basura, pero no entró; chocó en el acero verde y cayó al piso. Lo recogió y volvió a tirarlo. Esta vez acertó. "No se puede fallar dos veces, es la ley".
Fue en ese momento que Fernández bajó la mirada hacia la acera y encontró la fotografía. Era de tamaño diez por quince, papel tipo brillo, y no parecía tan antigua por la calidad de la imagen y el buen estado del papel. En ella, una mujer de mediana edad posaba sonriente para la lente de la cámara mientras sostenía a un bebé en sus brazos, probablemente un varón, a juzgar por el manto azul oscuro que lo cubría. Fernández sonrrió al ver la foto y se quedó así, pensando, pensando, por más de un minuto, menos de dos. Solo le distrajo un señor vistiendo amarillo pegajoso que pasaba por ahí vendiendo helados de crema, "Oferta, dos por uno". "No quiero resfriarme" y la suerte a manos del gris invierno de la ciudad que nunca deja de ser gris invierno de la ciudad. "Además, mis dientes... ¡estoy llegando tarde a mi cita!", pues, si había algo que de verdad molestaba a Fernández, eso era la impuntualidad. En cuestión de milésimas de segundo, guardó la foto en el bolsillo secreto del saco gris y prosiguió a seguir su camino.
"Pero mira cómo te ríes... y yo que creí que estabas triste. Qué rara eres"
A las cuatro de la tarde, Dolores recibe una llamada a su celular. Es su padre, le pide que vaya a recoger a su hermano menor al colegio. "Los ajenos salen todos los treinta, hay que tener cautela" y padre no puede ir, "tiene trabajo". Dolores tiene que guardar el documento, cerrar la ventana, apagar la portátil, ponerse la casaca celeste de buzo, las deportivas y soltarse el cabello castaño lacio recogido para ponerse una vincha. Un bostezo adorna su accionar, sus párpados le pesan y unas ojeras ya comienzan a manifestarse en sus grandes y tristes ojos castaños, "este trabajo me tiene cojuda". Coge el reproductor portátil. Mientras sale de su habitación, baja las escaleras lentamente y se dirige a la puerta de la casa, pone una canción que descargó hace dos días por recomendación de un amigo que conoció el otro día en una fiesta. Se lleva los audífonos a las orejas y se va, cantando, cantando.
A un par de cuadras de su casa, al oeste, vive una señora de cabello castaño lacio, bien parecido al de Dolores -solo que se nota que este tiene tinte, pero no digais nada-, nariz perfilada, labios carnosos y el rostro con algunas arrugas producto de la edad, que se estima, debe ser cincuenta y algo. Lleva siempre lentes de sol, por lo que no se puede ver sus ojos. "Debe ser ciega o algo por el estilo". Todos los días a las cuatro, ella sale, pone una silla frente a la puerta de su casa, se sienta y toca la misma canción en aquella guitarra acústica color madera que parece conocer tan bien como la palma de su mano. Ambas tienen "arrugas en la piel", como dice el tío Norberto, también guitarrista, pero en una orquesta de música criolla.
Un día, de niña, su tío le dijo la progresión de los acordes de la canción: "dos compases de la menor, un compás de re menor, uno de la menor, uno de re menor, uno de la menor, dos de mi mayor, y luego se repite la misma figura, pero termina con uno de mi mayor y uno de la menor". Dolores no entendió ni jota, pero, por curiosidad, le preguntó a su tío cómo sabía las notas. "Es fácil, se saca al oído", respondió, muy confiado.
Dolores pensó que si algún día aprendía a tocar la guitarra como su tío, podría descifrar las notas musicales de igual manera. El tío Norberto no podía darle clases, ya que hubo una época en la cual salía mucho de gira con su orquesta al extranjero, así que le prometió a padre sacar un buen promedio de notas en la escuela a cambio de una guitarra para navidad. La pequeña Dolores era muy estudiosa, pero aquella vez se esforzó más, y le ganó a todos sus compañeros de clase, a todos. Padre quiso matricularla en una escuela de música durante las vacaciones de verano, pero ella se rehusó, pues ya tenía sus propios métodos. En la biblioteca de la casa, había un par de revistas "tiradas por ahí" sobre Cómo tocar guitarra fácil. Al principio parecía extraño, puesto que nadie en su familia, excepto por el tío Norberto, toca instrumento alguno. Pero eso ya no importaba. Lo que siguió después, fue amor a primera vista.
Fernández apenas había bajado del autobus. Cinco minutos lo separaban de la cita con el odontólogo; "hoy me sacan una muela más". La ciudad luce repleta de edificios tras edificios, estos seres abominables que se metieron a la fiesta sin pedir permiso, todos con esos cristales tan "poderosos". La pista estaba llena de autos, todos de diferentes modelos y diferentes colores, aunque por algún extraño motivo, la mayoría eran rojos, y tenían en la parte delantera un círculo blanco. No había ningún escarabajo. "La gente ha perdido el gusto por los buenos autos". Al otro lado, en la acera de enfrente, había un señor que hizo señas a uno de los buses. No paró, "ahora ponen papeleta, ya no es como antes". El señor, a juzgar por sus canas, pasado en cincuentas, comenzó a perseguir al bus, granputeando, como si se tratara de su propio auto que está siendo robado por los ajenos.
Un suave saco gris de tela barrington cubría a Fernández del frío, tan gris como el cielo de las tres. Un cigarrillo por ahí, para llevar mejor la cosa. Los viejos zapatos negros de cuero ya no parecían de cuero, aunque tampoco parecían negros. "La ciudad ya no es como antes, ahora hay mucho celeste, mucho amarillo, mucha plastilina, mucha huevada". Había pláticas en medio de la calle como las hay dentro del café. Es poner uno dentro del otro. Fernández caminó, y siguió caminando. Terminó su cigarrillo y tiró la colilla a la basura, pero no entró; chocó en el acero verde y cayó al piso. Lo recogió y volvió a tirarlo. Esta vez acertó. "No se puede fallar dos veces, es la ley".
Fue en ese momento que Fernández bajó la mirada hacia la acera y encontró la fotografía. Era de tamaño diez por quince, papel tipo brillo, y no parecía tan antigua por la calidad de la imagen y el buen estado del papel. En ella, una mujer de mediana edad posaba sonriente para la lente de la cámara mientras sostenía a un bebé en sus brazos, probablemente un varón, a juzgar por el manto azul oscuro que lo cubría. Fernández sonrrió al ver la foto y se quedó así, pensando, pensando, por más de un minuto, menos de dos. Solo le distrajo un señor vistiendo amarillo pegajoso que pasaba por ahí vendiendo helados de crema, "Oferta, dos por uno". "No quiero resfriarme" y la suerte a manos del gris invierno de la ciudad que nunca deja de ser gris invierno de la ciudad. "Además, mis dientes... ¡estoy llegando tarde a mi cita!", pues, si había algo que de verdad molestaba a Fernández, eso era la impuntualidad. En cuestión de milésimas de segundo, guardó la foto en el bolsillo secreto del saco gris y prosiguió a seguir su camino.
"Pero mira cómo te ríes... y yo que creí que estabas triste. Qué rara eres"
A las cuatro de la tarde, Dolores recibe una llamada a su celular. Es su padre, le pide que vaya a recoger a su hermano menor al colegio. "Los ajenos salen todos los treinta, hay que tener cautela" y padre no puede ir, "tiene trabajo". Dolores tiene que guardar el documento, cerrar la ventana, apagar la portátil, ponerse la casaca celeste de buzo, las deportivas y soltarse el cabello castaño lacio recogido para ponerse una vincha. Un bostezo adorna su accionar, sus párpados le pesan y unas ojeras ya comienzan a manifestarse en sus grandes y tristes ojos castaños, "este trabajo me tiene cojuda". Coge el reproductor portátil. Mientras sale de su habitación, baja las escaleras lentamente y se dirige a la puerta de la casa, pone una canción que descargó hace dos días por recomendación de un amigo que conoció el otro día en una fiesta. Se lleva los audífonos a las orejas y se va, cantando, cantando.
A un par de cuadras de su casa, al oeste, vive una señora de cabello castaño lacio, bien parecido al de Dolores -solo que se nota que este tiene tinte, pero no digais nada-, nariz perfilada, labios carnosos y el rostro con algunas arrugas producto de la edad, que se estima, debe ser cincuenta y algo. Lleva siempre lentes de sol, por lo que no se puede ver sus ojos. "Debe ser ciega o algo por el estilo". Todos los días a las cuatro, ella sale, pone una silla frente a la puerta de su casa, se sienta y toca la misma canción en aquella guitarra acústica color madera que parece conocer tan bien como la palma de su mano. Ambas tienen "arrugas en la piel", como dice el tío Norberto, también guitarrista, pero en una orquesta de música criolla.
Un día, de niña, su tío le dijo la progresión de los acordes de la canción: "dos compases de la menor, un compás de re menor, uno de la menor, uno de re menor, uno de la menor, dos de mi mayor, y luego se repite la misma figura, pero termina con uno de mi mayor y uno de la menor". Dolores no entendió ni jota, pero, por curiosidad, le preguntó a su tío cómo sabía las notas. "Es fácil, se saca al oído", respondió, muy confiado.
Dolores pensó que si algún día aprendía a tocar la guitarra como su tío, podría descifrar las notas musicales de igual manera. El tío Norberto no podía darle clases, ya que hubo una época en la cual salía mucho de gira con su orquesta al extranjero, así que le prometió a padre sacar un buen promedio de notas en la escuela a cambio de una guitarra para navidad. La pequeña Dolores era muy estudiosa, pero aquella vez se esforzó más, y le ganó a todos sus compañeros de clase, a todos. Padre quiso matricularla en una escuela de música durante las vacaciones de verano, pero ella se rehusó, pues ya tenía sus propios métodos. En la biblioteca de la casa, había un par de revistas "tiradas por ahí" sobre Cómo tocar guitarra fácil. Al principio parecía extraño, puesto que nadie en su familia, excepto por el tío Norberto, toca instrumento alguno. Pero eso ya no importaba. Lo que siguió después, fue amor a primera vista.
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