martes, 4 de junio de 2013

I

"Ah, las cosas me las dejas encima de la cama. Siempre las encuentro ahí, es mejor."

Fernández apenas había bajado del autobus. Cinco minutos lo separaban de la cita con el odontólogo; "hoy me sacan una muela más". La ciudad luce repleta de edificios tras edificios, estos seres abominables que se metieron a la fiesta sin pedir permiso, todos con esos cristales tan "poderosos". La pista estaba llena de autos, todos de diferentes modelos y diferentes colores, aunque por algún extraño motivo, la mayoría eran rojos, y tenían en la parte delantera un círculo blanco. No había ningún escarabajo. "La gente ha perdido el gusto por los buenos autos". Al otro lado, en la acera de enfrente, había un señor que hizo señas a uno de los buses. No paró, "ahora ponen papeleta, ya no es como antes". El señor, a juzgar por sus canas, pasado en cincuentas, comenzó a perseguir al bus, granputeando, como si se tratara de su propio auto que está siendo robado por los ajenos.

Un suave saco gris de tela barrington cubría a Fernández del frío, tan gris como el cielo de las tres. Un cigarrillo por ahí, para llevar mejor la cosa. Los viejos zapatos negros de cuero ya no parecían de cuero, aunque tampoco parecían negros. "La ciudad ya no es como antes, ahora hay mucho celeste, mucho amarillo, mucha plastilina, mucha huevada". Había pláticas en medio de la calle como las hay dentro del café. Es poner uno dentro del otro. Fernández caminó, y siguió caminando. Terminó su cigarrillo y tiró la colilla a la basura, pero no entró; chocó en el acero verde y cayó al piso. Lo recogió y volvió a tirarlo. Esta vez acertó. "No se puede fallar dos veces, es la ley".

Fue en ese momento que Fernández bajó la mirada hacia la acera y encontró la fotografía. Era de tamaño diez por quince, papel tipo brillo, y no parecía tan antigua por la calidad de la imagen y el buen estado del papel. En ella, una mujer de mediana edad posaba sonriente para la lente de la cámara mientras sostenía a un bebé en sus brazos, probablemente un varón, a juzgar por el manto azul oscuro que lo cubría. Fernández sonrrió al ver la foto y se quedó así, pensando, pensando, por más de un minuto, menos de dos. Solo le distrajo un señor vistiendo amarillo pegajoso que pasaba por ahí vendiendo helados de crema, "Oferta, dos por uno". "No quiero resfriarme" y la suerte a manos del gris invierno de la ciudad que nunca deja de ser gris invierno de la ciudad. "Además, mis dientes... ¡estoy llegando tarde a mi cita!", pues, si había algo que de verdad molestaba a Fernández, eso era la impuntualidad. En cuestión de milésimas de segundo, guardó la foto en el bolsillo secreto del saco gris y prosiguió a seguir su camino.

"Pero mira cómo te ríes... y yo que creí que estabas triste. Qué rara eres"

A las cuatro de la tarde, Dolores recibe una llamada a su celular. Es su padre, le pide que vaya a recoger a su hermano menor al colegio. "Los ajenos salen todos los treinta, hay que tener cautela" y padre no puede ir, "tiene trabajo". Dolores tiene que guardar el documento, cerrar la ventana, apagar la portátil, ponerse la casaca celeste de buzo, las deportivas y soltarse el cabello castaño lacio recogido para ponerse una vincha. Un bostezo adorna su accionar, sus párpados le pesan y unas ojeras ya comienzan a manifestarse en sus grandes y tristes ojos castaños, "este trabajo me tiene cojuda". Coge el reproductor portátil. Mientras sale de su habitación, baja las escaleras lentamente y se dirige a la puerta de la casa, pone una canción que descargó hace dos días por recomendación de un amigo que conoció el otro día en una fiesta. Se lleva los audífonos a las orejas y se va, cantando, cantando.

A un par de cuadras de su casa, al oeste, vive una señora de cabello castaño lacio, bien parecido al de Dolores -solo que se nota que este tiene tinte, pero no digais nada-, nariz perfilada, labios carnosos y el rostro con algunas arrugas producto de la edad, que se estima, debe ser cincuenta y algo. Lleva siempre lentes de sol, por lo que no se puede ver sus ojos. "Debe ser ciega o algo por el estilo". Todos los días a las cuatro, ella sale, pone una silla frente a la puerta de su casa, se sienta y toca la misma canción en aquella guitarra acústica color madera que parece conocer tan bien como la palma de su mano. Ambas tienen "arrugas en la piel", como dice el tío Norberto, también guitarrista, pero en una orquesta de música criolla.

Un día, de niña, su tío le dijo la progresión de los acordes de la canción: "dos compases de la menor, un compás de re menor, uno de la menor, uno de re menor, uno de la menor, dos de mi mayor, y luego se repite la misma figura, pero termina con uno de mi mayor y uno de la menor". Dolores no entendió ni jota, pero, por curiosidad, le preguntó a su tío cómo sabía las notas. "Es fácil, se saca al oído", respondió, muy confiado.

Dolores pensó que si algún día aprendía a tocar la guitarra como su tío, podría descifrar las notas musicales de igual manera. El tío Norberto no podía darle clases, ya que hubo una época en la cual salía mucho de gira con su orquesta al extranjero, así que le prometió a padre sacar un buen promedio de notas en la escuela a cambio de una guitarra para navidad. La pequeña Dolores era muy estudiosa, pero aquella vez se esforzó más, y le ganó a todos sus compañeros de clase, a todos. Padre quiso matricularla en una escuela de música durante las vacaciones de verano, pero ella se rehusó, pues ya tenía sus propios métodos. En la biblioteca de la casa, había un par de revistas "tiradas por ahí" sobre Cómo tocar guitarra fácil. Al principio parecía extraño, puesto que nadie en su familia, excepto por el tío Norberto, toca instrumento alguno. Pero eso ya no importaba. Lo que siguió después, fue amor a primera vista.

No hay comentarios:

Publicar un comentario