jueves, 10 de octubre de 2013

III

Dolores llegó a casa con Lucas, quien a su vez tenía un barquillo con helado de chocolate a medio terminar en la mano derecha, una figura de acción de Son Goku en la mano izquierda, el primer botón de la camisa blanca (gris, de tanta suciedad) suelto, el largo cabello lacio hecho pelusa y una sonrisa de niño en el rostro adornada por sus cachetes, bien salidos. El uniforme escolar es una escusa que nadie quiere poner, los niños juegan y ya.

"Mírate, mocoso del bien, arréglate un poco", dice Dolores mientras se saca la vincha, se suelta el pelo, cierra los ojos y da un bostezo. Lucas va directamente a su cuarto, sin decir palabra alguna, mientras devora el último pedazo de barquillo que le queda. La comida está dentro del microondas, pero Lucas ya se comió al mundo. La música sigue sonando en los audífonos, aunque Dolores ya no los lleva puestos desde el momento en el que sacó las llaves del bolsillo izquierdo de la casaca de buzo celeste. Otro bostezo huye de la boca de Dolores, mientras que los ojos tristes se cierran, luego se abren, y delatan más que nunca la fatiga de una joven de diecinueve años que tiene que terminar una asignatura en menos de tres días. "Sabes todo lo que tenemos que hacer para pagarte esa universidad, así que ni se te ocurra repetir un solo curso. Sino, vas a tener que trabajar para que aprendas."

"Espérame, llego en cinco minutos."

Dante lleva doce platos, uno encima de otro. Sus manos los cogen desde la base, mientras que usa su pequeña y redonda panza para apoyarse. El piso está mojado, como siempre. Dante camina a través del corredor que conecta la cocina con el salón, con pasos pequeños y cómicos. La radio de la cocina está encendida. Suena de fondo una balada del recuerdo, de esas que le gustan a la tía Lucy. El jefe ve pasar a Dante y lo saluda. "¿Has hecho el amor?", le pregunta el veterano carioca, siempre de buen humor. Dante responde con sencillez, picardía y pocas palabras: "Siempre. Sino, ¿cómo?". El jefe suelta una risa de loco y se va hacia la cocina. Tiene que hablar con una de las cocineras sobre sus vacaciones.

El piso sigue mojado, pero Dante llega al salón con éxito. Ahí, el piso ya no está mojado, pero sí está sucio. "Trae el trapeador. Ya van a ser las cinco, tenemos que abrir y no quiero que el jefe esté puteando después", dice Jotacé, el barman, que tiene bien ganada su fama de viejo cascarrabias pero que es un héroe de mil batallas, un libro de anécdotas al estilo de Eloy Jáuregui. "Un día tenemos que sentarnos a conversar con una botella de Havana Club mientras escuchamos a la Sonora. Vas a saber lo que es la vida, carajo.", dijo una tarde luego de debatir sobre la situación de la música actual en horas de almuerzo. "Se la llevan fácil".

"Tengo hambre. Si como esas galletas, ¿me va a caer mal?"

Lucas va sobre la mesa de noche del lado izquierdo de la cama, la que tiene la lamparita. Coge el control remoto del televisor y presiona el botón rojo una, dos, tres veces. Enciende a la cuarta, no, a la quinta. El sintonizador está en el tres. Al pequeño Lucas no le gustan los deportes, aunque sus amigos lo tilden de "mariquita". Con una cara de total desinterés y, recordando que hay que cambiar las baterías del control desde hace un año y dos meses, presiona el botón "flecha derecha". Cambia de canal, y aparece un programa de concursos que acaba de comenzar.

Dolores entra a su cuarto. Saca la portátil, las lecturas sobre estadística y demás juguetes de encima de la cama, los deja "tirados por ahí". Se echa en su cama boca arriba, mientras que intenta cerrar los ojos y pensar segundo por segundo. El cabello castaño lacio cubre en forma parcial su rostro. Abre los ojos. Saca el reproductor portátil del bolsillo secreto de la casaca de buzo celeste. Lo apaga y lo deja en el primer cajón de la mesa de noche, "el de las cosas importantes", junto con los audífonos. Su cama está pegada a la pared opuesta a la puerta de entrada. Mira la hora en el celular. Son las cinco y tres, y un poco más. Dolores deja el celular en la mesa de noche, se voltea, posición boca abajo, coge su almohada con mucho amor y cae rendida, como hoja en el mar. Los ojos ya no se abrieron más aquella tarde.

El programa que Lucas acaba de sintonizar es el programa favorito de Alexandra, "la chica más bonita del salón". Para impresionar a su joven doncella, Lucas deja ese canal para ver de qué va la cosa. La primera observación: los participantes, divididos en dos equipos mixtos, tratan de intimidar con insultos o amenazas a sus rivales, tal como en las series animadas. Todo bien hasta ahí. Segunda: el público está dividido en dos bandos, los cuales lanzan gritos de guerra, perdón, arengas a sus respectivos equipos. Histeria colectiva. Tercera: las mujeres llevan ropas reducidas, y sus cuerpos muestran pronunciadas curvas. ¿Qué es esto?. Finalmente, la cuarta: concursantes del sexo opuesto -no necesariamente del mismo equipo- aprovechan el pánico para coquetear entre ellos, con resultados, aparentemente, satisfactorios. ¿Ah?.

"Se va, se va, se va..."

El día de hoy, se ha convocado a personal extra en la trattoria. Hoy juega la selección nacional de fútbol. Es un partido trascendental, ya que es el que define "si vamos al mundial o no". ¿Qué mejor motivo que el partido de la selección nacional para alentar y gritar con todas nuestras fuerzas y, de paso, consumir un suculento plato de comida italiana, acompañado por una copa de vino merlot, o en su defecto, un par de chelas? Después de todo, la capacidad del estadio es para 45 mil personas, y no todos entramos ahí, mucho menos podemos permitirnos pagar las entradas, con precios que para qué te cuento. Además, por un día, toda la población nacional tiene la oportunidad de tomar el rol de analista deportivo, entrenador, jugador, sociólogo, politólogo, antropólogo, columnista de opinión, celebridad de farándula, empresario, y muchos pero muchos otros.

Por supuesto que Dante va a ver el partido. Tiene puesta su camiseta de la selección. "No es la firme, pero tiene los colores y eso es lo que cuenta".

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